viernes, diciembre 22, 2006

Navidad

De nacer, naturaleza, nación. El nacimiento de un ser es siempre un acontecimiento gozoso porque engrandecía el conjunto, era bueno para la colectividad. Y, como todo acontecimiento, se celebraba desde la familia hacia la sociedad: varios días de actos y ceremonias de aceptación en sociedad del recién nacido. Roma instituyó un día del nacimiento, que los cristianos hicieron suyo y llamaron Navidad... Todo esto se ha reducido a una mínima expresión o ha desaparecido en nuestro tiempo. En un mundo con cerca de siete mil millones de almas, el nacimiento es poco más que una estadística y unas actuaciones administrativas.
Particularmente, la rememoración de la Navidad ha devenido en fiesta del consumismo. El Niño Jesús ha quedado reducido a símbolo que desempolvan los mayores de la casa, adaptados o resignados al desplazamiento del contenido espiritual de la Navidad de antaño por el escaparate mercantil de ahora. Cuando éramos pequeños, y pobres, nuestras casas se llenaban por Navidad de un ambiente fraterno, en el que percibíamos cercana la sensación del Recién Nacido, una religiosa ambientación de virtuosidad, de sentirnos felices con lo que hubiera. Hoy, hemos retrocedido a un paganismo de cuño económico y especulativo que nos deja al final insatisfechos y con los horizontes de la esperanza vacíos.
Pero seguiremos necesitando los símbolos, porque los símbolos son media verdad; tienen el valor de la Historia. La palabra ‘tradición’ viene del latín y significa ‘entregar’.

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