
Una juez condena a una madre a 45 días de cárcel y trece meses y medio de alejamiento de su hijo, al que 'maltrató' dándole una bofetada y cogiéndole del cuello. Los hechos ocurrieron hace dos años, cuando el niño tenía diez. María del Saliente, sordomuda, le riñó porque no había hecho sus deberes escolares, a lo que el niño respondió tirándole una zapatilla; la madre logró cogerle en el cuarto de baño, pero al empujar la puerta el niño se golpeó con el lavabo y sangró por la nariz. Al llegar al colegio, el profesor le preguntó y puso una denuncia a la madre por malos tratos. Dos años después, le llega la condena.
Maria del Saliente llora desconsolada, porque reprendió a su hijo -que la sentencia reconoce que tiene un carácter dificil y desobediente-, irritada por su comportamiento, para reprenderlo y empleando el método educativo que conoce y que siempre se ha usado: corregir razonable y moderadamente a los hijos, como establecía el Código Penal antes de la reforma de 2007, en la que se suprimió el cachete o la bofetada. Llora desconsolada porque, si ha de cumplir el alejamiento que dice la condena, no podrá atender al chico, a otra niña menor y a un marido también sordo que no sabe manejarse en las cosas de la casa. María llora desconsolada porque quiere a su hijo, y su hijo la quiere y la necesita; porque se siente confundida y maltratada por la justicia, cuando su propósito nunca fue otro que educar. Ha perdido seis kilos desde que conoció la sentencia y ha entrado en una profunda depresión; en su casa no se duerme, y se aferra a su niño, al que quiso reprender una mala acción, pero no maltratar porque nunca lo hizo. Es una persona con una minusvalía que necesita expresarse de manera más ostensible que las personas normales... Nunca han tenido que intervenir los servicios sociales de Pozo Alcón, porque se trata de una familia normal y bien avenida.
Su pueblo celebró hace unos días una concentración de apoyo a María y contra la desproporcionada sentencia. Sentencia que no es más que la aplicación en su grado menor de lo que establece la ley para casos de malos tratos (el fiscal todavía quiere que se revise y se le aumente, porque el hecho se produjo dentro del domicilio familiar).
Se ha perdido el sentido común, legislando contra la mesura y las buenas costumbres que caracterizaban a nuestras leyes y a la sociedad. Se ha legislado desde el despecho de feministas radicales y progresistas de nuevo cuño, subvertiendo impunemente los principios de la ponderación que han presidido la institución familiar desde hace tantos siglos. Buscaban castigar al varón ..., pero se olvidaron de que, al establecer un baremo tan drástico de los malos tratos en el área familiar, las consecuencias se extenderían a otros miembros de la casa, como los niños o los ancianos. Y les ha salido un reglamentismo que asfixia el ámbito de la familia, que la interviene dejándola a las puertas de los juzgados por el detalle más nimio. Menosprecian el valor de la mediación y se llevan por delante siglos de cultura, de costumbres y de sentido común. Con el adanismo que les caracteriza, parecen convencidos de que la especie humana ha superado definitivamente sus instintos animales y entra en la fase de las actitudes robóticas. Y han conseguido contagiar el miedo a todos: el maestro denuncia porque, si no lo hace, puede caerle un castigo por omisión; el juez condena con esa ley exagerada porque, si la soslaya, puede encontrarse con una denuncia que le trunque su carrera; el fiscal pide un grado superior de la condena, no sea que su superior le señale por falta de celo... Y así, todos los comportamientos se explican por la judicialización de la familia, por miedos, por si acaso...
Claro, Maria del Saliente y otras madres que están en esta insólita situación en España, son gente corriente a las que ha pillado sin avisar la marea de este brusco cambio. Con sentencias como esta, el mayor daño se inflige a los niños, que se ven separados de sus madres sin entender por qué. David, el niño de María, sabe por qué su madre le dió una bofetada y le cogió por el cuello. Lo que no sabe es por qué la van a apartar de él cuando tanta falta le hacen sus cuidados y su cariño... Por eso, lo que escandaliza no es la sentencia que la juez dictó, aplicando la ley en su menor grado. Lo que escandaliza y provoca alarma social es la ley misma que establece estos disparates, la ley que considera que dar un par de tortazos a un niño es mal trato...
¡Hay que ver la cantidad de traumatizados que andamos por el mundo porque nuestros padres, cuando éramos niños, nos dieron unos nalgazos y luego nos agasajaron y nos dieron su cariño..., sin que ningún juez interviniera en el fuero interno de la familia! No hay que asombrarse ante la sentencia, sino ante la ley, esa ley deshumanizada, rencorosa, reflejo de la sed de venganza de quienes la promovieron y la aprobaron. Es la ley misma la que produce alarma social, señores.
Su pueblo celebró hace unos días una concentración de apoyo a María y contra la desproporcionada sentencia. Sentencia que no es más que la aplicación en su grado menor de lo que establece la ley para casos de malos tratos (el fiscal todavía quiere que se revise y se le aumente, porque el hecho se produjo dentro del domicilio familiar).
Se ha perdido el sentido común, legislando contra la mesura y las buenas costumbres que caracterizaban a nuestras leyes y a la sociedad. Se ha legislado desde el despecho de feministas radicales y progresistas de nuevo cuño, subvertiendo impunemente los principios de la ponderación que han presidido la institución familiar desde hace tantos siglos. Buscaban castigar al varón ..., pero se olvidaron de que, al establecer un baremo tan drástico de los malos tratos en el área familiar, las consecuencias se extenderían a otros miembros de la casa, como los niños o los ancianos. Y les ha salido un reglamentismo que asfixia el ámbito de la familia, que la interviene dejándola a las puertas de los juzgados por el detalle más nimio. Menosprecian el valor de la mediación y se llevan por delante siglos de cultura, de costumbres y de sentido común. Con el adanismo que les caracteriza, parecen convencidos de que la especie humana ha superado definitivamente sus instintos animales y entra en la fase de las actitudes robóticas. Y han conseguido contagiar el miedo a todos: el maestro denuncia porque, si no lo hace, puede caerle un castigo por omisión; el juez condena con esa ley exagerada porque, si la soslaya, puede encontrarse con una denuncia que le trunque su carrera; el fiscal pide un grado superior de la condena, no sea que su superior le señale por falta de celo... Y así, todos los comportamientos se explican por la judicialización de la familia, por miedos, por si acaso...
Claro, Maria del Saliente y otras madres que están en esta insólita situación en España, son gente corriente a las que ha pillado sin avisar la marea de este brusco cambio. Con sentencias como esta, el mayor daño se inflige a los niños, que se ven separados de sus madres sin entender por qué. David, el niño de María, sabe por qué su madre le dió una bofetada y le cogió por el cuello. Lo que no sabe es por qué la van a apartar de él cuando tanta falta le hacen sus cuidados y su cariño... Por eso, lo que escandaliza no es la sentencia que la juez dictó, aplicando la ley en su menor grado. Lo que escandaliza y provoca alarma social es la ley misma que establece estos disparates, la ley que considera que dar un par de tortazos a un niño es mal trato...
¡Hay que ver la cantidad de traumatizados que andamos por el mundo porque nuestros padres, cuando éramos niños, nos dieron unos nalgazos y luego nos agasajaron y nos dieron su cariño..., sin que ningún juez interviniera en el fuero interno de la familia! No hay que asombrarse ante la sentencia, sino ante la ley, esa ley deshumanizada, rencorosa, reflejo de la sed de venganza de quienes la promovieron y la aprobaron. Es la ley misma la que produce alarma social, señores.
No hay comentarios:
Publicar un comentario